Formación para dibujar el futuro que queremos

La formación de las personas es, sin lugar a dudas, uno de los factores clave en los que se cimenta el progreso de las sociedades. Cuanto más alto es el nivel formativo de los individuos, más avanzada es la sociedad de la que forman parte y mayores índices de bienestar alcanza; una correlación evidente. Pero no sólo contribuye a lograr sociedades más avanzadas o productivas, sino también más justas y equitativas. Por eso debe ser entendida como tal, como una inversión estratégica y prioritaria a todos los niveles, primero en los centros de enseñanza y en los hogares, y luego en las empresas.

En este número de Ai, en su tema central dedicado al nuevo ciclo que afronta el sector promotor, azotado por cambios constantes y marcado por la entrada de nuevos actores altamente cualificados, lo dejamos claro: a mayor preparación y profesionalización de los recursos humanos que componen una organización, más competitividad y más posibilidades de éxito. La ecuación es transparente. Por eso la apuesta debe ir por ahí.

La labor docente, por parte tanto de quien imparte como de quien recibe, siempre ha estado en la base del desarrollo, pero en los últimos tiempos, coincidiendo con la globalización y la incorporación en tromba de las nuevas tecnologías a todas las facetas de la vida de los ciudadanos, viene adquiriendo una importancia creciente. Fruto de este proceso gobalizador, valga como botón de muestra la incursión en nuestro sector inmobiliario, como antes se avanzaba, de unos destacadísimos protagonistas que han venido a zarandearlo desde sus cimientos: los fondos de inversión internacionales, para cuya interlocución es necesaria una formación especializada: si quieres hacer negocio con ellos, tienes que hablar su lenguaje. Comprensible a la vez que lógico.

Otro tanto de lo mismo ocurre con los arquitectos, sometidos a una formación continua para dar respuesta a las nuevas exigencias en materia de ecología y accesibilidad en la edificación, entre otras muchas cuestiones; los consultores que tienen que hablar de tú a tú y sin carencias a todo tipo de inversores y operadores; los comercializadores de inmuebles, de los que se espera máxima capacitación en el manejo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación; los ingenieros, en reciclaje continuo para incorporar a sus conocimientos nuevas técnicas constructivas y uso de materiales novedosos… Y así hasta el infinito, porque el saber no ocupa lugar para nadie, en ningún caso.

Pero la formación, entendida en su acepción más amplia, nos hace, sobre todas las cosas, más libres, porque nos otorga criterio, incrementa nuestra capacidad para distinguir y por tanto, para decidir. Nos hace más libres para pensar, para elegir, para competir, para responder, para no sentirnos temerosos y acorralados frente a los cambios, para decir hasta dónde y cómo queremos llegar. Libres para dibujar, en definitiva, el futuro que queremos. Papel y lápiz. Ai

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